Como cualquier español millennial al que le prohibieron el móvil hasta que empezó a salirle bigote, yo suelo escuchar la radio antes de acostarme por la noche y
después de levantarme por la mañana. El problema es evidente: por la noche me quedo dormido y por la mañana no tengo tiempo. Por eso también procuro escuchar la radio cuando saco al perro solo, lo cual implica hacerlo a una hora distinta a la que todos los que tienen perro consideran que es la hora apropiada para sacarlo. No se trata de ningún capricho. Cruzarte con alguien que pasea a su perro mientras tú paseas al tuyo te obliga, tarde o temprano, a entablar una estúpida conversación para constatar lo graciosos que son los perros mientras se olisquean mutuamente el sexo y el conducto
anal. Y cómo va uno a escuchar la radio tranquilamente si eso se repite varias veces durante el paseo -quien dice radio, dice un podcast-. Es imposible.
En su momento aprovechaba esas caminatas para escuchar las ‘Historias de medianoche’ de
Chicho Ibáñez Serrador, especialista en hipnotizar al oyente. Joey lo sabe bien. Él de radio no entiende,
pero estoy convencido de que nota la diferencia entre los momentos en los que voy
escuchando algo por los auriculares y los que no. Cuando me pongo un podcast, estoy tan distraído que los tirones que le pego si levanta la pata en una
esquina son menos contundentes, no trato de calmar su afán homicida cuando se encuentra con otro macho alfa y dejo que me lleve por calles que no atravesaba desde hacía años para descubrir nuevos y golosos pipicanes. Cuando hube escuchado todas las historias de Chicho, empecé a buscar alternativas hasta
que di con la sección ‘Grandes entrevistas’, de ‘Podium podcast’, al que suelo
acudir a menudo. Gracias a ello he descubierto, por ejemplo, al mejicano
Carlos Fuentes y su particular defensa de la mancha en los idiomas. Pero también he escuchado a Umbral, a Baroja y a Matute, a los que ya había leído pero no escuchado. Me chocó al principio su manera de
expresarse, tan natural, sin barroquismos, pero pronto comprendí que eso era absurdo. Resulta evidente que los literatos
no hablan como escriben, igual que, de seguro, los periodistas
radiofónicos de antaño no escribían como hablaban ni tampoco hablaban como
hablaban delante del micro. Pero pido comprensión: después
de leer ‘El árbol de la ciencia’, es complicado imaginarse a un Pío Baroja con 82 años respondiendo con parsimonia y displicencia las preguntas del periodista de turno allá por 1955, desde el sillón de su casa en el barrio
navarro de Alzate. La imagen que se hace uno de Don Pío, que en la entrevista muestra interés más
bien por poco, por no decir por nada, no se corresponde
con la que, en principio, se supone que ha de acompañar a un escritor ilustre. Trate usted de visualizar a Gil de Biedma gritándole al podólogo “hostia
puta, cómo duele” mientras le cortan la uña del dedo gordo, que lo tiene frito
porque se le hinca. "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", pensaría el bueno de Gil de Biedma al llegar a su casa, aún dolorido.
Reflexiona al
respecto Carlos Mayoral en una reciente entrevista para ‘El español’. A la pregunta sobre qué buscaba con la publicación de su penúltimo libro, ‘Empiezo a creer
que es mentira’ (Círculo de tiza), en el que reúne anécdotas literarias y
experiencias propias, el escritor responde que le molesta el “estigma” que hay sobre
los autores clásicos, a los que “nadie quiere enfrentarse porque los considera
aburridos”. Según Mayoral, el motivo de ello es que sus obras se convierten en lecturas obligadas en la
secundaria, cuando la mayoría de los chavales está más pendiente de tener gomina suficiente para peinarse el tupé que de otra cosa. “Mi intención”, sentencia el escritor, “es despojarlos [a los
clásicos] un poco de ese aura solemne, ponerles vaqueros”. Yo al don Pío de la entrevista no me lo imagino en vaqueros, pero sí encogido en la mesa camilla, con su txapela, su rebeca, su manta y sus pantuflas. Quizás también -por qué
no- pidiendo un vaso de la botella de Johnnie Walker que, como cuenta Mayoral en su libro, le había regalado Hemingway tiempo ha: “Qué bueno el
güiscazo, coño”. Entonces pienso en el hijo de puta de Borges y toda esta teoría de mierda se me derrumba.
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| Pío Baroja. Fotografía: El País |

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