12:37
martes, 17 de septiembre de 2019
Investidura
12:37
domingo, 15 de septiembre de 2019
Página en blanco
20:43
Regreso al escritorio para enfrentarme a la última página en blanco del día. Pienso que el tema es sencillo y que cerrar el texto no me llevará mucho tiempo, pero haría mal en subestimar el reto. Escribir es peligroso en tanto en cuanto se parece a beber copas con tus mejores amigos: puede ser maravilloso o terrible, y, normalmente, es lo segundo. En ambos casos, como ocurría antes cuando llegaba el verano, se disfruta más el momento previo, el inicio de algo, por el mero hecho de saber que vas a vivirlo, que vivirlo propiamente.
20:50
Cuando escribo una noticia, no lo hago en orden, es decir, no empiezo por el principio ni acabo por el final. Primero redacto el segundo párrafo más importante, que es en el que se cuentan los datos sustanciales. Supongo que porque tengo todos los detalles frescos. Luego pienso cómo abrir el texto, la tarea más difícil de todas y la que me lleva más tiempo. Puedo escribir diez inicios distintos antes de quedarme con el definitivo, pero es necesario detenerse tanto en ello. Si no atraes al lector con las primeras líneas, estás perdido. El resto ya viene solo, se trata de unir las partes.
21:22
No siempre se puede ser brillante, por lo que la clave para dar a luz un buen texto es restarle trascendencia al asunto. La mayoría de las veces, uno habla sobre trivialidades, y escribir no debe ser sino un residuo de ello. Yo intento aplicarme el cuento, pero, al final, siempre acabo dando una vuelta a la manzana aunque haya una calle transversal por la que se llega antes a donde quiero.
21:34
Redactar a diario casi como un autómata sirve de mucho. Te ayuda a rematar la tarea sin tener que usar apenas el cerebro. Es parecido a lo que le ocurre a Ricky Rubio cuando entra solo a canasta. De tanto repetirlo, anotar de bandeja forma ya parte de su genoma.
21:52
Nada de lo anterior vale cuando se está vacío. En esos casos, escribir se parece a hacer política. Borges, en ‘El Aleph’, dio en el clavo en este sentido: “Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable”.
sábado, 14 de septiembre de 2019
Viernes por la noche
Viernes.
1:00
Extrañas visiones de camino al piso desde el trabajo.
Espectros líquidos, sombras difusas. Y entre ellas una imagen sorda pero bien
definida. Javier Egea ha regresado de entre los muertos. Tiene los ojos
entornados de la manera acostumbrada, sostiene en alto una copa medio vacía y
se acomoda la gorra marinera. ¿Qué debería de beber Javier Egea? ¿Qué clase de
versos debería de escribir una madrugada de mediados de septiembre? Transita
por la calle Bernabé Soriano en lugar de por cualquiera de Granada. Sabe dónde
ha dado el primer paso, pero no dónde dará el último.
3:11
Orson Welles reconoce que entre contratar a amigos
para una película y contratar a buenos actores, elegía contratar a amigos. Dice
que nunca se arrepintió de ello. Es más, asegura que lo volvería a hacer. “No
considero que el arte sea lo más importante. Prefiero cualquier otra forma de
lealtad en la vida. Odio la concepción romántica sobre los artistas que están
por encima de todo lo demás, creo que es lo último que debería hacerse”, manifiesta.
Dudo que haya mejores bebedores que N. y F., pero, aunque los hubiera, hoy
también estaría compartiendo con ellos mesa y cháchara. Sabemos cuándo hemos
abierto la primera cerveza, pero no cuándo abriremos la última.
4:18
Llevo un rato anotando cosas que no guardan relación
entre sí. Una basura sin sentido alguno, una sustancia imperfecta y, por tanto,
horrenda. Me da pánico no tener nada que contar, lo que equivale a decir que me
da pánico ponerme a escribir, que me aterra saber el porqué de la primera
palabra, pero desconocer el porqué de la siguiente.
4:32
La Cruzcampo y la Alhambra ya se han terminado, así
que es menester tocar retirada. Lejos, muy lejos, un trueno anuncia tormenta.
Me gustaría que se pusiera a llover inmediatamente. Me gustaría dormirme
mientras escucho el sonido de las gotas. Ver dónde cae la primera sin saber en
qué parte del cristal caerá la siguiente, y así de manera sucesiva, hasta que
toda la superficie de la ventana acabe cubierta de una capa de agua uniforme,
sin fallo. Ahora lo comprendo: el caos es también una clase de belleza.
miércoles, 11 de septiembre de 2019
Trepidancia
Miércoles.
00:57
Ha pasado medio año desde que me
mudé a Jaén, cinco meses desde que me trasladé con N. al piso de la calle San
Clemente y tres desde que acogimos a F. hasta que el verano se agote. Antes de vivir
aquí estuve durmiendo unas semanas en una discreta cama del Gran Eje concebida
para ser transitoria y que Marta, de hecho, detestaba. Si miro atrás, me da
cierto vértigo comprobar lo rápido que transcurre el tiempo.
Debería existir la palabra trepidancia.
Trepidancia (sustantivo abstracto): cualidad de lo trepidante. Ejemplo:
septiembre regresa con su trepidancia y su burocracia. Dirán algunos que ya
existe agitación, que ya existe intensidad, para decir lo mismo, y su
afirmación no podrá ser más acertada. Pero, qué hay de cómo suena trepidancia.
Trepidancia, cualidad de lo trepidante. Trepidancia. Qué hay de cómo casa con
septiembre, de cómo lo disfraza.
Es la madrugada del 11 de septiembre en la
calle San Clemente y llueve.
sábado, 7 de septiembre de 2019
Sábado por la mañana
Sábado por la mañana.
Acabo de subir al bus. Aquí, en Jaén, no lo
saben, pero en mi pueblo se vive la resaca post-ofrenda a la patrona. Eso
quiere decir que el despertar, para muchos, va a ser muy jodido.
En abril de 1988, mes y año de mi nacimiento,
la discográfica PDI publicó el cuarto álbum de estudio de El último de la fila,
‘Como la cabeza al sombrero’. La quinta canción de la carabé del elepé es
‘Llanto de pasión’, y siempre que estoy de vuelta la recuerdo. Su letra, que
tiene algo de elegía, pero también algo de épica, habla del pasado y,
precisamente, de un regreso. ¿Soy yo el de la canción? Quizás, pero no del todo
ahora, sino dentro de unos años.
Cuando cierro los ojos, a veces me encuentro
conmigo mismo en el futuro. La escena es, en general, difusa, aunque puedo
deducir dos cosas claras de esta, a saber, que estoy lejos de mi terruño y que,
a causa de ello, aquel a quien imagino no soy realmente yo, sino un trasunto de
mí. Aunque Manolo García diga que lo que pasó ya no existe, parte de uno
siempre se queda en el tiempo y en el lugar en los que aprendió a convivir con
la alegría. Desvío la vista de la ventanilla y me topo con el tatuaje en mi brazo.
Son los tres últimos versos de ‘Contra Jaime Gil de Biedma’ –“Oh, innoble
servidumbre...”-, que me traen a las mientes otra reflexión del poeta: “En el
recuerdo el júbilo es igual a la tristeza”. Lo confieso: tengo miedo a olvidar
que lo que soy ahora y lo que seré en el futuro se lo debo al pasado. El bus
llega a su destino y poso los pies en un asfalto de sobra conocido. Hola,
Tosiria. Vuelvo a donde empecé.
jueves, 5 de septiembre de 2019
Jueves, primera hora de la tarde
Fernando Quiñones dice que quiere hacer una hoguera con todas las palabras. Llevo un año tratando de cerrar un poema dedicado a su estatua junto a La Caleta. Lo retomaré hoy, ya lo he decidido, pero no será hasta esta noche.
Dos horas después, el nervio me vence. Hoy llevo tres páginas, de modo que me quedan, como poco, cuatro horas en la redacción -eso, teniendo en cuenta ya los imprevistos-. Sin embargo, aprovecho un hueco para crear un documento en blanco y escribir un par de ideas. No me servirán luego, pero necesito quitarme este peso ahora. Echo de menos el puerperio literario.
Son cerca de las nueve y salgo a que me dé el aire. Hace tiempo descubrí una palabra bonita: petricor. Sé que trataré de meterla con calzador en el poema, que por culpa de ello me acostaré a las dos y que mañana, cuando esté bebiendo mi café salido de la fragua vulcania, lo reeleré, borraré todo cuanto escribí de madrugada y me replantearé mi oficio y mi vocación. Antes de dormir hoy quiero leer a Hermann Hesse. ¿Me traje a Jaén ‘Rastro de un sueño’? Creo que me ha caído una gota en la cabeza y que otra ha hecho lo propio en el suelo. Ah, claro, de ahí el petricor.
Resta menos de una hora para la medianoche. He salido hace diez minutos y me he dejado el libro del poeta junto al teclado. Me hubiera gustado releer otro par de versos. Ahora estoy seguro de que hoy ya no escribiré nada. Disfruto del paisaje nocturno y caleidoscópico. Pienso que me gustaría beber una copa. Pienso que la necesito. Cuando llegue al piso, me tiraré en el sofá y charlaré vagamente sobre quimeras hasta que me venza el sueño. No me preocupa, la creatividad se asienta sobre el pesimismo.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Cabos sueltos
Miércoles.
Día uno después del funeral.
Resulta
altamente curiosa, incluso abrumadora, la exactitud con la que puede
reconstruirse la personalidad de alguien tan sólo observando los objetos que le
pertenecieron y analizando la manera en la que los dejó dispuestos. Por
ejemplo, si yo me muriera hoy y alguien se pusiera a revisar mi dormitorio, no
tengo ninguna duda de que tardaría apenas cinco minutos en descubrir que era
-que soy- un anarquista doméstico, un experto coleccionista de efectos
personales y ajenos totalmente inservibles, un obseso de la anotación de
alineaciones y dorsales futbolísticos y un sociópata en potencia. De la misma
forma, cualquier desconocido que se hubiera unido a nuestro saqueo de los
cajones y el armario de mi abuelo se habría dado cuenta en seguida de que fue
un hombre recto y ordenado, primo hermano de Thomas Highway, que se esforzaba
hasta el extremo por no dejar ni un sólo cabo suelto en todo lo que ponía en
marcha o le incumbía; en definitiva, un tipo con el que se podía contar si se
necesitaba su ayuda. Y aunque eso, todo eso, ya lo sabía yo, este inocente
fisgoneo me ha servido para darme cuenta de que casi lo había olvidado y
también, por tanto, para recordar por qué lo sabía. Lo primero que me ha
llamado la atención, aunque debería haberme esperado algo así, es que, durante
años, y prácticamente en secreto, mi abuelo fue acumulando, siguiendo un orden
casi enfermizo, decenas de documentos bancarios, administrativos y médicos con
el objetivo, seguramente, de estar preparado por si alguien trataba de
jugársela en algún sentido. Sí, receloso también era. Otro (re)descubrimiento
importante: hacía dos décadas que había dejado lista su fotografía para su
propia lápida. Estaba hasta enmarcada. Además de ello, guardaba, cuidadosamente
dobladas, las cartas que remitió a la dirección de la fábrica de cemento de la
que fue delegado de personal para negociar, en los sesenta del viejo siglo XX,
el primer convenio laboral de la empresa. Casi huelga decir que su caligrafía
era exquisita y su sintaxis, impecable. Apasionado de las matemáticas, también
conservaba cientos de anotaciones sobre distancias en kilómetros entre
ciudades, sus cálculos de superficies de sectores circulares, que solía hacer
en cualquier trozo de papel que encontrara, en cualquier sobre, en cualquier
cartón, y sus extensas y elaboradas combinaciones quinielísticas en cuya confección
yo nunca quise tomar parte, a pesar de que sudó mucho tratando de convencerme.
Pero para cabezón él, cabezón yo. Una columna cada uno por probar y punto, le
decía, y mi abuelo, que era más ambicioso y se declaraba enemigo de las
apuestas simples, se resignaba y lo aceptaba sólo por compartir aquello
conmigo. Incluso siempre reservaba el pleno al quince para mí. Por supuesto,
durante largo tiempo siguió trabajando en solitario para preparar una múltiple
infalible y nunca perdió la esperanza de que yo acabara apoyando su plan para
dominar el mundo. Cuando se había dedicado a ello toda la tarde, me daba en el
brazo, bolígrafo en mano, para explicarme con pasión los detalles de la
compleja combinación, pero como yo no le seguía el juego, volvía en seguida a
sus papeles y a sus cosas. Aquello se repitió día sí y día también hasta que,
en sus últimos años, acabó olvidándose de cómo hacer quinielas y, por ende, de
su sueño de jugar la apuesta definitiva. Nadie mejor que yo lo sabe: esa cuenta
sí que la dejaste pendiente, Paco.






