Martes.
miércoles, 10 de junio de 2020
La inspiración
domingo, 9 de febrero de 2020
Por el que hoy te pagan
Viernes.
17:08
Este cuaderno de bitácora comenzó con un duelo
y quedará cerrado -no sé si de forma definitiva- con el anuncio de una muerte.
A lo largo de un día, de un día tan sólo, uno
sufre innumerables zarpazos que le sumen en otras tantas pequeñas crisis identitarias.
Muchas -la mayoría- se superan prácticamente un instante después de haber
aflorado -o retoñado por vez enésima, según el caso-; otras, sin embargo, lejos
de ahuecar pronto el ala, se posan cómodamente en su nido para -aunque sólo sea
por unas horas, hasta que surja un oportuno imprevisto que sea necesario
atender ipso facto- sumir en las tinieblas los inciertos confines del futuro,
lejano o próximo. Las posibilidades de que eso ocurra se multiplican si eres un
mercenario de la información y de las letras, una mezcla que puede resultar
fatal porque se compone de dos elementos antagónicos en lo referente a su
proceso madurativo: la información, cuanto más inmediata, más valiosa; las
letras, por el contrario, cuanto más tardías, más perennes. De hecho, ese
matrimonio de conveniencia acabó sellando hace tiempo su más que anunciado
divorcio, lo cual no ha dado lugar sino a la degradación del periodismo. Es
fácil comprobarlo hoy en día porque no son pocos los casos de periodistas que o
no respetan los datos o no respetan el verbo. En cuanto a lo primero, aquello
de tener buenas fuentes y contrastar la información parece haber quedado
relegado, para muchos, a un segundo plano: les basta sólo con ser el más rápido
del Oeste, que luego un tuit roñoso -ni siquiera una carta de disculpa- servirá
para paliar las consecuencias del gatillo ligero en caso de grandiosa metedura
de pata. En lo que se refiere a lo segundo, importa lo justo tener un
vocabulario limitado y una sintaxis torpe, siempre y cuando se cuente algo que
interesa contar cuando interesa que se cuente. Lo peor de esto es que este
perfil triunfa. No es el único que triunfa, pero triunfa. Y a pesar de ello me
niego a aspirar a ser así.
¿Fue un acierto dedicarme al periodismo?
¿Hubiera sido mejor elegir en su momento otro camino más cómodo? Si así fuera,
¿estoy a tiempo aún, con cerca de treinta y dos palos, de hacer borrón y cuenta
nueva? ¿O es que simplemente aún no he encontrado la manera de explotar
adecuadamente mis virtudes en esta profesión? Calculo que, al día, me hago
estas preguntas una miríada de veces, pero casi siempre, pobre de mí, acabo
respondiendo sólo a esto último, y lo hago de forma afirmativa, para más inri,
aunque el efecto del placebo dure sólo hasta el día siguiente. Puta filosofía
del buenismo, putas tazas misterwonderful. Yo rompo una lanza en favor de los
fracasados, de los expertos del error, de aquellos que necesitaron descubrir
todo cuanto no son capaces de hacer para darse cuenta de cuáles son sus
capacidades. Por ello no me pesa reconocer que no tuve que haber estudiado
Filología Hispánica, tampoco que, de poder elegir de nuevo, no optaría por
matricularme en Periodismo, ni que, aun así, habría acabado dedicándome a esto
de todos modos, al menos durante algún tiempo. Periodista, igual que maestro y
que carpintero, se nace, pero para, además, serlo se debe tener claro que no
hay sólo una clase de periodista y que la clave, no del éxito, sino de la
realización personal y de la dignificación de la profesión, está, por tanto, en
la búsqueda incansable de nuevos códigos que se adapten a la manera propia de
contar las cosas. Yo no sé si nací para ser periodista, pero sí estoy seguro de
que trabajar en la redacción en la que hoy escribo noticias no me convierte en
ello. No en el que yo quiero ser. No en lo que yo quiero ser. La pregunta, por
tanto, es sencilla: ¿dejaré de deshojar la flor algún día?
Marta me dijo una vez: "Sólo estoy segura
de lo que no soy", lo cual viene a significar lo mismo que algo que solía
repetir Sherlock Holmes: "When you have eliminate the impossible, whatever
remains, however improbable, must be the truth". La identidad no se
construye, sino que nace construida, aunque yazca oculta. Para que vea la luz
hay que seguir un proceso destructivo, igual que cuando ha de eliminarse el
barro que cubre una pieza arqueológica para que luzca todo su esplendor. Por
eso, saber lo que no eres te acerca a lo que te define -y no al contrario-, y
yo hoy me siento más limpio, más ligero. Repite conmigo, Pollo: "No eres
el periodista por el que hoy te pagan,
no
eres
el
periodista
por
el
que
hoy
te
pagan".
Hora de la defunción, 23:24.
jueves, 30 de enero de 2020
La identidad
Miércoles.
12:52
Nada más llegar a la redacción y
posar las nalgas en mi maltrecha silla -que tantas nalgas de morfología,
consistencia y textura diversa soportó antes de hacerlo con las mías-, F. R. me
ha confesado que no entiende lo que escribo, que no me pilla la onda: "No
entiendo lo que escribes, no te pillo la onda", me ha dicho, y yo le he
respondido que eso, seguramente, es más culpa mía que suya. No me hace falta
escuchar comentarios como el de F. R. para autoflagelarme. De hecho, poner
continuamente en duda la calidad de casi todos los textos que he parido es mi
hobbie favorito. Suelo imaginarme una soirée literaria llena de tipos con monóculo
y tipas a lo Joplin comentando que no entienden lo que escribo y que no me
pillan la onda mientras beben anís del mono, o quizás indicando que, aunque sí
entienden lo que escribo, les interesa poco lo que cuento. Las bebidas
espirituosas en este caso tampoco faltan. Hay quien le da demasiada importancia
a que le entiendan cuando escribe -también cuando habla, pero más cuando
escribe- y a que interese lo que cuenta, y por eso, con el tiempo, acaba
dejando de escribir lo que quiere para escribir lo que quieren leer otros, lo
cual denota poco cacumen y padecimiento de cagalera terrible.
23:28
Hoy la redacción ha estado algo distraída por
culpa de la Copa del Rey. Ha sido una de esas tardes preñadas de partidos que
te obligan a estar constantemente atento a los marcadores para no perderte
ninguna novedad. De repente, un equipo de Tercera o Segunda B marca ante un
Primera y se atrinchera con armonía en busca de una victoria épica, y eso es lo
más cerca que uno estará en todo el mes de soñar con que triunfar en la vida es
posible aun sin privilegios de sangre o de cuna. Con el nuevo formato de
partido único sustituyendo a la soporífera ida y vuelta, la cosa gana en
tensión, en dinamismo y en incertidumbre, es decir, se vuelve más divertida, y
eso se agradece. Como Rocky Balboa en su primer combate contra Apollo Creed, es
una oportunidad entre un millón. Hoy ha sido el Ibiza el que ha estado a punto
de dar la sorpresa ante el Barça, que se ha salvado a última hora con un
doblete de Griezmann. Nos lo han puesto en la tele a petición popular. El juego
de los culés ha sido pobrísimo, timorato, demasiado prudente, y eso me ha
sorprendido, más que nada, porque Quique Setién pregonaba una cosa muy distinta
hace más bien poco.
Quique Setién, por lo que yo sé sobre Quique
Setién, lleva sus últimos años de míster lidiando por sobrevivir en un océano
revuelto de miedo, y no lo entiendo. Si algo caracterizó a Setién en sus
primeros años de entrenador fue su apuesta por la verticalidad máxima que le
hizo merecedor de infinidad de halagos. Sus equipos ofrecían un espectáculo
desordenado y, a la vez, muy entretenido porque aseguraba goles tanto a favor
como en contra, lo cual enamoraba, claro, al espectador imparcial, pero
destrozaba con frecuencia los nervios de hinchas propios, que se dividían entre
los que se sumaban al aplauso y los que demandaban más consistencia y fiabilidad.
Casualmente, los primeros hacían más ruido cuando el equipo ganaba, y los
segundos, cuando se caía con estrépito. Y así hasta que, en su año número dos
en el Betis, la temporada pasada, optó por hacer caso a estos últimos y
traicionar su discurso. Decidido a reducir el nivel de influencia del factor
suerte en el marcador final, reformuló su idea y quiso refugiarse en el sobeo
del balón. El resultado fue un Betis horizontal y ramplón. Normal, si ni el
propio míster creía en lo que dibujaba en su nueva pizarra. Ahora, en el Barça,
le sigue pasando lo mismo, pero por razones distintas. La parroquia culé lleva
años con morriña del guardiolismo y está ávida de disfrutar de nuevo de una
apuesta por el mimo del esférico, eso que llama 'El Estilo'. Recordando aquel
primer fútbol alegre del cántabro y confundiéndolo con el guardiolismo -son dos
conceptos complementarios, pero no iguales-, se ha deshecho en elogios baratos
hacia Setién, en el que ha visto su perfecto clavo ardiendo al que aferrarse, y
el míster ha quedado cegado por la ilusión de convertirse en el esperado
salvador del tiquitaquismo supuestamente inherente al Barça -una milonga
chorreante, porque el Barça ha jugado al toque cuando ha tenido futbolistas
para ello, y cuando no, no-. Por eso está haciendo lo que se esperaba de él
-magrear el balón- en vez de lo que siempre había hecho hasta hace poco -atacar
sin miedo-. Pero como no sabe hacer lo que se esperaba de él, al llevar al
extremo la idea del fútbol de toque lo que ha conseguido es un estilo -en
minúscula- sobón y aburrido. Conviene no olvidar que mesías culé sólo hay uno y
luce el diez en la espalda. De Leo todo el mundo entiende lo que hace sobre el
césped, a Leo todo el mundo le pilla la onda, pero eso es porque, como Borges,
vive al margen del paso del tiempo. El mortal debe aprender a convivir con la
incomprensión y a no traicionarse. Tanto en el fútbol como en la literatura,
Quique, es mejor morir de pie que vivir de rodillas.
viernes, 24 de enero de 2020
Hablo con Dios
Miércoles.
Pasión
Viernes.
martes, 21 de enero de 2020
Lo extraño
Lunes.
domingo, 5 de enero de 2020
Aún no sé cuál es mi estilo
Sábado.
21:23
A veces
pienso que dedicarme al periodismo está degradando mi forma de escribir, pero
no tardo en concluir que exagero. No obstante, sí que estoy convencido de que,
como mínimo, me está alejando del que yo considero que, en este huracán de
indefinición en el que vivo atrapado, ha sido mi mejor estilo. Redactar
noticias todos los días hace que me resulte imposible olvidar al instante los
mecanismos del registro puramente informativo cuando tengo un hueco exiguo para
pasarme a la narrativa. Por ello, al final, como ni puedo escribir como quiero
en el periódico, ni quiero escribir como en el periódico fuera de la redacción,
siempre acaban invadiéndome la frustración, el enfado y acaso también la
tristeza. Se preguntará al respecto algún cebollino: ¿no es posible
desprenderse del estilo informativo, como si se tratara de un mono de trabajo,
y, acto seguido, enfundarse el literario, ya planchado y listo para lucirse, y
viceversa? Claro que no, la hostia, claro que no, y quien piense que sí es un
borrico, amén de un ignorante de cuidado. Para que escribir, se persiga el
objetivo que se persiga, no se convierta en un ejercicio impersonal e insulso
-y el texto resultante carezca, por tanto, de lo que Caballero Bonald vino a
llamar "base estilística solvente"-, uno ha de sumergirse en la tarea
hasta el fondo, acostumbrarse al ritmo de las aguas y acabar dominándolas, algo
que, lejos de ser moco de pavo, es harto complicado, más aún si se viene de
otro mar completamente distinto. La consecuencia de nadar a contracorriente es,
por supuesto, el naufragio; la de hacerlo sin haberse adaptado al cien por cien
al entorno, el estallido de la decepción, porque, aunque se conseguirá llegar,
seguro, a una plácida orilla, esta será otra algo diferente a la que se
pretendía alcanzar cuando comenzó el enfrentamiento contra la hoja en blanco.
"Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la
prendería fuego", dice Leila Guerriero. En muchas ocasiones deseo hacer
eso con mi estilo. Saquearlo. Quemarlo. Lijarlo hasta dejarlo totalmente raso
para, luego, reconstruirlo, tallarlo. Jodida Guerriero. Como a Jabois, a ella
también tendrían que enchironarla. De nuevo os acuso de incitación a la lujuria
estilística.






