viernes, 24 de enero de 2020

Hablo con Dios

Miércoles.

1:47

      A veces, lo confieso, hablo con Dios porque Dios, efectivamente, existe, y para eso está, para que se le hable. Yo su voz no la he oído nunca, pero está para eso, sí, para que se le hable y escuche. Dios existe, lo tengo claro, pero no es nada divino, sino último clavo ardiendo, paño de lágrimas y minúsculo punto del techo al que dirigirle súplicas tribuneras. Normalmente consuela gritarle, aunque no te dedique nunca, repito, ninguna palabra. "¿Cómo me haces esto, Dios? ¿Es este el poder que tú tienes?" Dios existe aunque luzca un pelín desconchado, sí, yo le hablo, sí, y cuando lo hago, lo hago solo porque la endeblez se admite en soledad, se asume en soledad. "¿Eso es todo lo que sabes hacer? ¡Dime algo, habla, escupe!" Dios existe, pero sólo a veces, porque es sólo a veces cuando es necesario ser débil, hacerse un tajo y enseñar viva la carne. Sólo a veces, sólo a veces, hasta que la sangre corra de nuevo mansa, sólo a veces, sólo a veces.



Pasión

Viernes.

12:18

      Esta renovada Copa del Rey de Rubiales, que sigue haciendo distinción de clase, pero que la reduce, me encanta no sólo porque da pie a que se ofrezca más espectáculo que el que se veía con el formato inmediatamente anterior, sino porque revitaliza el amor puro por los colores de barrio, más limpio que ningún otro en el actual universo balompédico y resistente aún a los ataques del mundo vil y deshumanizado.
      No sé exactamente el motivo, pero ver, aunque haya sido desde la distancia, modestísimos estadios desbordados de pasión me ha traído a las mientes estos versos fatales de Abdón Porte (1918):

"Nacional aunque en polvo convertido
y en polvo siempre amante.
No olvidaré un instante
lo mucho que te he querido.
Adiós para siempre."
    
        El 5 de marzo de 1918, el perro del encargado del estadio de Nacional de Montevideo, Severino Castillo, 'El Indio', encontró el cadáver de Porte en mitad del césped. En su mano izquierda, el revólver con el que se había pegado un tiro en el corazón. Junto a su cuerpo, un sombrero de paja que contenía dos cartas, en una de las cuales escribió este canto de amor hacia los colores que había defendido durante siete años. Su historia inspiró a Horacio Quiroga para escribir ese mismo año 'Juan Portí, half back', considerado el primer relato de fútbol de la historia.



martes, 21 de enero de 2020

Lo extraño

Lunes.

18:52

      La analogía es un recurso utilísimo del que, de hecho, suelo acabar echando mano, y ello a pesar de que trato de evitarlo desde hace ya bastante, no porque piense que se me da mal, sino porque creo que me faltan referencias y que ya he acudido demasiadas veces a las mismas. Esa escasez no es sino el fruto lógico de mi vagancia lectora. Pensar en esa circunstancia -que soy un lector vago- a veces me aterra, sobre todo cuando me doy cuenta de que ha ido a más con el paso de los años. La cantidad de libros que reposan en mi mesita de noche a medio terminar es alarmante. En un primer vistazo veo ‘Otra vuelta de tuerca’, ‘El Giocondo’, ‘Patria’ y una recopilación de tres novelas cortas de Tolstoi. A todos les eché un ojo una tarde, demasiado lejana ya, pero son muy pocos los que volví a abrir una segunda, casi ninguno una tercera. Luego están aquellos otros a los que suelo dar picotazos con mucha frecuencia, como si fueran recetarios: ‘Ficciones’ y ‘El aleph’ -que son uno-, ‘Ceremonias’ y ‘Narraciones extraordinarias’, por ejemplo. En esta segunda categoría entran las antologías poéticas. Como si fuera un no-muerto y estos libros, mi Lucy Westenra, bebo de ellos lo que me apetece y, una vez saciado, vuelvo a depositarlos en su lecho hasta que se me abre de nuevo el apetito. ¿Dónde quedó aquel yo capaz de empezar y acabar ‘Historia de una escalera’, ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, ‘El misterio de la cripta embrujada’ y ‘Todos los detectives se llaman Flanagan’ en un día o en dos, a lo sumo? Durante mucho tiempo permaneció en paradero desconocido e incluso llegué a olvidarme de él casi por completo, pero, de la noche a la mañana, regresó, y ahora le veo de cuando en cuando. Se sienta junto a mí, flacucho, encorvado, callado y serio, apenas ajeno a cuanto hay más allá de la puerta del dormitorio. A menudo lo extraño.





domingo, 5 de enero de 2020

Aún no sé cuál es mi estilo

Sábado.
21:23

 

A veces pienso que dedicarme al periodismo está degradando mi forma de escribir, pero no tardo en concluir que exagero. No obstante, sí que estoy convencido de que, como mínimo, me está alejando del que yo considero que, en este huracán de indefinición en el que vivo atrapado, ha sido mi mejor estilo. Redactar noticias todos los días hace que me resulte imposible olvidar al instante los mecanismos del registro puramente informativo cuando tengo un hueco exiguo para pasarme a la narrativa. Por ello, al final, como ni puedo escribir como quiero en el periódico, ni quiero escribir como en el periódico fuera de la redacción, siempre acaban invadiéndome la frustración, el enfado y acaso también la tristeza. Se preguntará al respecto algún cebollino: ¿no es posible desprenderse del estilo informativo, como si se tratara de un mono de trabajo, y, acto seguido, enfundarse el literario, ya planchado y listo para lucirse, y viceversa? Claro que no, la hostia, claro que no, y quien piense que sí es un borrico, amén de un ignorante de cuidado. Para que escribir, se persiga el objetivo que se persiga, no se convierta en un ejercicio impersonal e insulso -y el texto resultante carezca, por tanto, de lo que Caballero Bonald vino a llamar "base estilística solvente"-, uno ha de sumergirse en la tarea hasta el fondo, acostumbrarse al ritmo de las aguas y acabar dominándolas, algo que, lejos de ser moco de pavo, es harto complicado, más aún si se viene de otro mar completamente distinto. La consecuencia de nadar a contracorriente es, por supuesto, el naufragio; la de hacerlo sin haberse adaptado al cien por cien al entorno, el estallido de la decepción, porque, aunque se conseguirá llegar, seguro, a una plácida orilla, esta será otra algo diferente a la que se pretendía alcanzar cuando comenzó el enfrentamiento contra la hoja en blanco. "Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego", dice Leila Guerriero. En muchas ocasiones deseo hacer eso con mi estilo. Saquearlo. Quemarlo. Lijarlo hasta dejarlo totalmente raso para, luego, reconstruirlo, tallarlo. Jodida Guerriero. Como a Jabois, a ella también tendrían que enchironarla. De nuevo os acuso de incitación a la lujuria estilística.


martes, 31 de diciembre de 2019

Last night

Martes.
21:48

 

Analizar la fiesta de nochevieja es utilísimo para conocer la etiología del borreguismo. Se celebra porque se celebra, y punto. “-¿Por qué la celebras tú?” / “-Porque se celebra, porque es nochevieja, porque se acaba el año” -dicho así, con cara de perro pachón. Y punto. "Porque se acaba el año". He ahí un argumento aplastante. Se acaba, sí, ¿y qué? También se acabaron febrero, junio y octubre, pero no montamos una fiesta en esos casos. Mañana seguirá todo en el mismo sitio en el que lo dejarás hoy. No se terminará nada ni empezará nada nuevo, exceptuando tu suscripción a Netflix y Spotify. El paso de un año a otro no supone más que un cambio de dígito, y por eso nochevieja es una fiesta inútil que, además, atenta contra el instinto de supervivencia en su sentido más básico. Estamos empeñados en subsistir a diario, pero aprovechamos, sin embargo, el 31 de diciembre para forzar una despedida del todo vacía. Y digo bien: nosotros. Porque yo, igual que tú, soy un borrego y, además, el mayor hipócrita sobre la faz del planeta. Yo, igual que tú, también me he despertado con taquicardia por la presión de tener que escribir un final a la altura de las circunstancias y la necesidad de dejar secos todos los bares y cafepabs de este mi querido e insigne pueblo. Por supuesto, he sido débil y he hecho lo que se esperaba de mí -qué menos-, de modo que, seguramente, lo que me mueve a hablar ahora es un ataque de ira jupiterina. Heme aquí, tumbado como un bon vivant en horas bajas tras haber estado regalando el gaznate durante ocho horas para, en quince minutos, levantarme con las pilas recargadas y dispuesto a ver amanecer subido a una farola. Y ello a pesar de que no creo en esto. Las emociones no pueden cercarse en 365 días, de modo que no te deseo todo lo mejor, acompañado de un sinfín de manidos etcéteras, sólo para 2020, sino para siempre. Feliz año, por tanto, se queda corto; será mejor decir feliz vida.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

El remate

Miércoles.
00:51

 

José Ángel Valente me ordena cantar "como un pájaro ciego en este día indescifrable de perdón", pero la voz no brota de mi garganta lacerada. Es culpa, quizás, del viento decembrino, que se cuela por la boca como una navaja, pero lo descarto: resulta que la metástasis se extiende al plano escrito. Sé que tengo algo que contar, y el concepto se dibuja meridianamente en mi cabeza, pero es despegar los labios o enfrentarme a la hoja en blanco y convertirse la idea en una sombra. Creo que antes no tenía ese problema, o quizás sí, pero lo resolvía con más facilidad. ¿La clave del cambio? La desconozco. Puede que ahora sea más paciente, puede que menos conformista.

 

1:15

Como Gil de Biedma, "me avergüenzo de los palos que no me han dado". También me alegro de los que sí. Deberían haber sido más, ojalá hubieran sido más. Uno necesita siempre que le digan lo malo que es haciendo lo que más le gusta. Sólo así no decaerá el afán por demostrar lo contrario.

 

1:42

Estoy escribiendo sin saber adónde voy a llegar. Lanzo una primera palabra, ligeramente repaso mi entorno, lanzo una segunda y trato de enlazar ambas. Pienso que algo así es lo que hace Vinicius sobre el césped. Él se empeña en fintar una vez y otra sin tener antes claro que ello debe servir para algo. Esto que escribo, ¿para qué sirve si no lo remato en condiciones?

 

20:52

Acaba la primera parte del Clásico en el Camp Nou. Sin goles. El Madrid de Zizou tampoco tiene remate, aunque sí que teje los prolegómenos con sentido. Es como la prosa campanuda. La poesía de la experiencia, por su parte, se parece algo al mourinhismo: por un lado, el estilo de ambos genera un intenso debate en torno a la belleza; por otro, no han sabido decir adiós cuando debían. La narrativa de Jorge Luis Borges, ah, la narrativa de Borges, es el maldito Barça de Pep.

 

21:03

Mostrarme optimista durante un Clásico nunca me ha dado buen resultado. I shall kill no albatross.

 

21:37

Veo Árboles Retorcidos.

 

22:16


           Empate a cero. Ganar como sea, pero ganar, o tratar de hacerlo de forma genuina y arriesgarte a quedarte en el camino. Ni este partido ni este texto ayudarán a sacar conclusiones sobre ello.

Foto: árboles retorcidos en Otíñar.


viernes, 6 de diciembre de 2019

La muerte de Fernando Martín

Viernes.
00:31

      De Fernando Martín hay una imagen que no me quito de la cabeza. Entre los restos de su Lancia Thema carmesí, un amasijo de hierros tras el accidente que le costó la vida en un 1989 próximo a la extinción, reposaba, sobre el asfalto de la M-30, una foto. En la misma aparecía Fernando, imponente, hercúleo y vistiendo la camiseta madridista, pero su sonrisa, antes envidiable e impoluta, estaba manchada de gotas de sangre aún fresca, que era la suya propia. Aquello lo recogieron las cámaras de televisión de la época, y ese plano se convirtió en el eufemismo perfecto del desenlace mortal del suceso. "Los bomberos tuvieron que rescatar el cuerpo, ya inerte, de entre los hierros retorcidos", informó Matías Prats en Televisión Española. Una estructura humana que parecía indestructible, reducida a la contorsión grotesca. Hoy aquello se habría tachado de sensacionalista, pero, entonces, nadie alzó la voz contra la manera de tratar la noticia. No sé si ahora somos más sensibles; quizás sí más sensatos. Al menos en este aspecto.
Lo primero que supe de baloncesto fue Fernando Martín; lo segundo, su muerte. Por eso, cada vez que vuelve a hablarse sobre él o que reproduzco vídeos en los que se recopilan sus jugadas, no puedo evitar, en cierta manera, sobrecogerme, acaso también compadecerme: da igual lo que vea o lo que me cuenten, porque ya sé el final terrible de la historia. Borges escribió una maravilla de poema, compuesto por dos sonetos y titulado 'Ajedrez', en cuyo terceto final dice: "Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?" Tampoco yo tengo una respuesta, pero, sin duda, ese Dios detrás de Dios -naturaleza, sino, el nombre no me importa- lanzó aquel 3 de diciembre ochentero una advertencia: "Puedo crear una obra maestra sin esfuerzo y, si quiero, sin esfuerzo puedo destruirla". ¿Quién -pregunto yo-, quién está a salvo de la podredumbre de la existencia?