Jueves.
1:38
viernes, 4 de octubre de 2019
¿Cuál es mi estilo?
jueves, 26 de septiembre de 2019
Tercer martes de la semana
Sin hora.
Elena Lupescu fue amante del rey Carol II de Rumanía durante la década de los treinta del siglo pasado. Se casó con él tras su abdicación en 1940. De ella y de todo lo relacionado con su identidad hay quien dice que aún no se sabe qué fue verdad y qué fruto del embuste. Incluso en lo que se refiere a su nombre. A la historia ha pasado no sólo como Elena, sino también como Magda, y, según algunas versiones, como la de la radionovela ‘Tentación a medianoche’, su verdadero apellido era Wolf -”lobo”-, pero su padre, un judío de origen germánico, lo habría transformado en Lupescu -”hija del lobo”-. Sobre su influencia entre bambalinas en la manera de dirigir el reino se ha dicho mucho.
En ‘Batman Begins’ (2005), Liam Neeson interpreta a Ra’s al Ghul, y Christian Bale, a Bruce Wayne. A los dieciocho minutos de metraje, el primero le da al segundo un consejo que este seguirá con inteligencia el resto de su vida: “La teatralidad y el engaño son poderosos aliados”. Precisamente la teatralidad es un aspecto que obsesionaba, según se muestra en el biopic sobre Steve Jobs protagonizado por Michael Fassbender, al cofundador de Apple. Hay una escena de la película que refleja a la perfección su afán por controlar hasta el más mínimo detalle de los productos que sus empresas alumbraban. Al menos, el del personaje que Fassbender interpreta. A punto de enfrentarse al público para presentar el NeXTcube, el ordenador de NeXT, compañía fundada tras abandonar Apple forzosamente, Jobs recibe la visita de su exsocio y amigo en la cuerda floja Steve Wozniak (Seth Rogen). Cuando ambos acceden al foso de la orquesta de la Ópera de San Francisco, el primero le cuenta a Woz una anécdota:
-En una ocasión conocí a Seiji Ozawa en Tanglewood, un director colosal de un ingenio y unos matices sublimes, y le pregunté qué hacía exactamente un director que no pudiera hacer un metrónomo. Me dijo: “Los músicos tocan los instrumentos; yo toco la orquesta”.
-Es algo que suena bien pero que no significa nada- comenta un pragmático Wozniak.
La conversación avanza y va subiendo de tono a cada segundo. Las viejas rencillas no tardan en aflorar. Woz acaba explotando, herido por la condescendencia de Jobs, e, iracundo, arremete contra el que fuera su hermano:
-No sabes escribir el código, no eres ingeniero, no eres diseñador, no sabes ni clavar un clavo, yo construí la tarjeta de circuito impreso, la interfaz gráfica se la robamos a Xerox PARC, Jef Raskin dirigía el equipo de Mac antes de que le echaras de su propio proyecto, otro diseñó El Cubo. ¿Cómo es posible que lea diez veces al día que Steve Jobs es un genio? ¿Qué es lo que haces?
-Yo toco la orquesta -responde, impasible, Jobs.
miércoles, 25 de septiembre de 2019
Yo no nací para ser madridista
Segundo martes de la semana.
23:06
Yo no nací para ser madridista: el día en el
que vine al mundo, un rácano PSV apeó de la Copa de Europa al Madrid de la Quinta.
Fue ocho días después de que Hugo Sánchez anotara, ante el Logroñés, el mejor
gol liguero de su histórica etapa como merengue, que no el mejor gol de la
historia de la liga. Ese lo marcó otro cerca de una década más tarde contra el
Compostela. En 1996 yo me rapaba como Ronaldo. O casi. De hecho, mi primer
recuerdo de fútbol es la maquinilla. Celebré todos y cada uno de sus 47 tantos
como blaugrana, una pequeña mancha en mi historial merengue. Después se fue al
Inter y, más tarde, vino el gol de Pedja. El 20 de mayo del 98, día en el que
el Madrid ganó la Séptima, aún solía pelarme al dos. Yo no me hice del Barça en
el 96, me hice de Ronaldo.
Treintaiún años, cinco meses y algunas cervezas
después de aquella noche fatal para el madridismo en Eindhoven, Rodrygo marca
su primer gol con la camiseta blanca. No imitaré su corte de pelo. Los tiempos
de idolatría ya pasaron para mí. Sin embargo, pienso que este puede ser el
inicio de una bonita historia de redención.
Fotografía: EFE.
martes, 24 de septiembre de 2019
Estadísticas
Lunes.
18:43.
En la redacción.
Un nuevo muerto en un posible accidente
laboral. Si se confirma, sería el décimo en la provincia en lo que va de año,
según los sindicatos. El octavo, según el Ministerio de Trabajo. Ya se sabe que
el de las cifras es un asunto harto delicado. Es curioso cómo una persona puede
quedar reducida a la estadística en un segundo. Terrible, más que curioso.
Recurro a la hemeroteca para consultar los datos de los anteriores accidentes
mortales en el trabajo que he cubierto. Una vez erré a la hora de incluir la
estadística. Normal, si no sirvo para esto. No puedo volver a cometer ese
fallo.
19:11
Me gusta cómo he redactado la noticia, a pesar
de las dificultades que he tenido para que me dieran datos. Nada desde la Policía
Local, muy poco desde el Ayuntamiento. La Guardia Civil, que es la que lo
lleva, ni mu. Los sindicatos, eternos indignados de habitual gatillo flojo, se
han mostrado cautos. Me he limitado a ser riguroso, por tanto. Corren malos
tiempos para la lírica.
1:36
No quiero que nadie lea lo que escribo. Lo he
decidido tras hallar el enésimo error de sintaxis en mi libro -publiqué un
libro de relatos hace unos meses-, lo cual me lleva a pensar que no debería
leerlo ni yo mismo. No porque no merezca la pena hacerlo, sino para no
arriesgarme a encontrar una nueva tara. Merece la pena, de hecho. Leerlo. Lo sé
porque esta frase de esta otra página me quedó muy bien. Quiero que la gente la
lea. Que sepa que existe.
1:43
En esta ocasión no necesitaré a Chet Baker5
para dormir. Cierro los ojos, permanezco quieto dos minutos, me revuelvo otros
tantos y entonces interpelo al maldito Chet Baker para tocar esta noche.
Martes
8:54
Un caso más para el archivo: hoy no me
reconozco en mi yo de ayer.
Nota: usar un sistema duodecimal para acotar
los días es funcional pero absurdo. Hoy no dejará de ser hoy a las once
cincuenta y nueve cincuenta y nueve pe eme, del mismo modo que mañana no
empezará a ser mañana a las cero cero cero. Sobre todo, son factores
emocionales los que determinan el inicio y el final de un día. Ayer acabó
cuando yo decidí que acabara, y hoy acabará cuando yo decida que acabe, aunque
la fecha del móvil diga otra cosa. A partir de este momento será martes hasta
el sábado.
sábado, 21 de septiembre de 2019
Lo efímero
Jueves.
20:48
Hace un rato, en la redacción, unos cuantos han
estado recordando algunos de sus años universitarios estudiando Periodismo, una
conversación de la que yo me veo excluido de manera inevitable, no porque no
haya pasado por la universidad, sino porque me licencié en otra cosa. Si hoy
preguntaran por qué no me matriculé en Periodismo, no sabría dar motivos contundentes.
De muy pequeño, écheme usted 6 o 7 años, jugaba a ser periodista y me grababa
en cintas de casete narrando torneos de artes marciales a lo Dragon Ball, y
allá por los albores de la década de los
2000 edité siete equipos del FIFA con los nombres, plantillas y equipaciones de
todos los colegios de mi pueblo y una selección de los institutos, creé una
liga, simulé los partidos y escribí las crónicas de los encuentros más destacados
en una serie de periódicos caseros que aún deben conservarse en algún arcón.
Por supuesto, ganó mi equipo y yo -mi yo virtual- fui pichichi, yo, que mi
récord de goles en una liga local de fútbol sala asciende a la friolera de dos
tantos. Digamos que ello, o al menos yo lo creo o lo quiero creer así,
demuestra que siempre he llevado dentro ser periodista, y sin embargo no
estudié esa carrera y me empecé a dedicar a esto de rebote. Hasta ahora, mi
vida laboral ha sido una oda al intrusismo. He trabajado de operador de cámara,
reportero, presentador de informativos, corresponsal para el Periódico J,
diseñador gráfico, he hecho serigrafías, he sublimado cuatrocientos logos de la
Diputación de Jaén en sendas gorras y ahora vuelvo a ser periodista, y mi
formación académica para todo esto se reduce a unas prácticas -también teoría-
como cámara y reportero en el máster de Periodismo que sí que estudié en Madrid
tras la carrera. Y a pesar de ello, ojo con lo que voy a decir: creo que hago
bien mi trabajo. Orden en las masas, que no se rasgue nadie las vestiduras. Sé
que habrá quien nunca me llegue a considerar periodista por no tener una
licenciatura o un grado que lo acredite, y también que siempre llevaré las de
perder en este debate, pero yo me pregunto: ¿hasta qué punto debe determinar la
vida de alguien una decisión que toma con 18 años, en muchos casos, como fue el
mío, sin tener ni puta idea de casi nada? ¿Acaso puede uno saber cómo van a
transcurrir sus próximos sesenta años de vida, qué oportunidades se le
presentarán, qué descubrimientos hará sobre sí mismo? ¿Hay alguien tan estúpido
que de verdad opine que cualquiera con menos de 20 años está capacitado para
elegir cuál será su único rumbo vital el resto de sus días? ¿Lo está alguien de
40? ¿Cómo se atreve nadie a limitar las posibilidades laborales de otra persona
empleando como único argumento que no posee un cochino título universitario?
¿Existe una única posibilidad de formación, de aprendizaje? ¿Qué hay de la experiencia?
No veo que nadie le pregunte al zapatero, cuando lleva a arreglar el tacón de
las botas, si está licenciado en Zapatería. ¿Es que hay profesiones de primera
y profesiones de segunda?
En cualquier caso, mi problema no es sentirme
aceptado o no en el gremio, sino mi eterna indeterminación. Recuerdo que un
año, en el instituto, cuando tuve que elegir entre el Bachillerato de
Humanidades o el de Ciencias Sociales, me decanté por este último, pero escogí
unas asignaturas optativas que tiraban más bien para la otra rama, lo cual me
dejaba en un limbo académico difícil de encasillar. Luego, cierto profesor
adicto al cinismo, de voz engolada y afectado de gigantismo leve, me confesó el
primer día de curso, tras salir de clase: “Eres un hijo de puta, a ti no
sabíamos dónde ponerte”. El eclecticismo que me caracteriza es mi virtud, pero
también mi maldición. Desde siempre. Ya lo decía aquel policía nihilista de
‘True detective’: “La vida es breve para ser bueno en más de una cosa”. “Si
llegas a serlo”, apuntaba su compañero, un tipo terrenal y pragmático. “Sí, así
que ten cuidado con lo que se te da bien”, sentenciaba el primero.
Hoy sé que soy periodista, pero aún no de qué
clase. Y en una época en la que lo efímero ocupa un lugar de privilegio, nada
hace peligrar tanto la existencia de las cosas como la indefinición. Hay quien,
consciente de esta circunstancia y no conforme con su naturaleza, opta por
construir e interpretar una falsa versión del yo. En términos de pura
supervivencia, es esa una estrategia inteligente que incluso da resultado.
Durante un tiempo, al menos. Sin embargo, al igual que la hierba acaba
abriéndose paso a través de cualquier grieta en el embaldosado, la condición
innata se impone, tarde o temprano, a toda clase de disfraz, ya sea inventado o
adquirido. Cuando se da esa situación, uno debe afrontar una complicada
elección: o se asume a sí mismo o acepta verse condenado a alargar una mentira
hasta la muerte, a pesar de que esta haya dejado de tener recorrido y sentido.
El segundo camino sólo tiene una salida: la simplificación del ser a su versión
más ridícula. Pero, ¿qué ocurre cuando la farsa no es una mentira? ¿Qué ocurre
cuando ser un farsante es la savia de tu identidad?
miércoles, 18 de septiembre de 2019
Septiembre
12:06
Que la llegada de septiembre resulta clave en la reaceleración del ritmo urbano es prácticamente una perogrullada. Que mentimos sobre la presunta impertinencia de su retorno, también -"el verano son los padres", que diría aquel-. A ti, igual que a mí, te gusta septiembre. Le gusta a la España devota de Frascuelo y de María y a la del olvidado recetario de insurrección. Septiembre tiene su aquel, su "je ne sais quoi". Convoca con maestría de perro viejo a las mariposas del estómago. Nos avergüenza reconocerlo, pero nos encanta que nos hable al oído y sentirnos seguros con él, en calma. Septiembre es, por tanto, una paradoja. Consigue que regrese la actividad a la urbe, sí, que la calle se convierta de nuevo en el acostumbrado torbellino de caras sin nombre, pero se trata este, en realidad, de un caos institucionalizado y casi paliativo. A España le reconforta la rutina y ansía su retorno porque sumergirse en ella no entraña riesgo alguno, y esa circunstancia hace que, en términos de intelectualidad, sea vaga, de mollera floja, acomodaticia. El debate -no la vociferación fogosa ni el ladrido estéril, sino el debate- le cansa, el pensar en revolución le agota, el estrechamiento de los límites de la zona de confort le aterroriza. Por ello, los pensamientos extremos no triunfan. Su calado es fugaz porque son fruto de un arranque iracundo, de una rabieta. Podemos, por ejemplo, es una rabieta. Vox también. Ciudadanos es más como septiembre. PP y PSOE viven al margen del paso del tiempo y de las estaciones. Son el café en vaso de caña.
martes, 17 de septiembre de 2019
Equipo
Fotografía: Edu DF - Blackswank.






